SANTA ANA
En Santa Ana, la intervención partió de una premisa esencial: reconocer el valor de lo preexistente y conservarlo como parte activa de la experiencia. Como en cada propiedad, el proyecto se construyó desde la escucha del edificio, de su materia y de los oficios que lo hicieron posible, incorporando la tradición local junto al espíritu de Vestige, atemporal y exigente con la calidad.
Uno de los gestos más significativos fue la recuperación de los muros de piedra donde se apoyaban los antiguos bebederos de los animales que ocupaban la boyera, hoy convertida en zona de habitaciones. Se trataba de mampostería tradicional que se mantuvo vista, integrada en el dormitorio y el baño como una presencia honesta, táctil y silenciosa. A esta recuperación se sumaron antiguos muros de sillares de marés local, incorporados tanto al diseño interior como al exterior, reforzando la continuidad material y el arraigo al lugar.
La identidad menorquina se trabajó desde los materiales y, sobre todo, desde la manera de utilizarlos. El proyecto priorizó recursos locales y técnicas tradicionales, respetando despieces, encuentros y acabados propios de la arquitectura de la isla. La colaboración con artesanos fue determinante y especialmente orgánica. Desde las primeras fases se trabajó estrechamente con canteros, carpinteros y yeseros, permitiendo que muchas decisiones se resolvieran en obra a través del diálogo, del estado real de las superficies y del conocimiento experto de quienes dominan estos lenguajes constructivos.
La relación entre interior y exterior se resolvió desde el respeto. Se conservaron las aperturas originales que conectaban los espacios con el entorno, estudiando lo que ofrecía la propia arquitectura y extrayendo el máximo partido a lo existente sin recurrir a grandes modificaciones. La luz, las sombras y las transiciones se entendieron como parte del proyecto, calibrando umbrales, profundidades y vistas de forma natural.
En interiores, la atmósfera se construye desde el equilibrio. Madera, piedra, cerámica, metal y textil conviven en todos los espacios, cada uno con un papel específico, tanto a nivel arquitectónico como decorativo. Los textiles siguen una lógica de naturalidad. Alfombras de fibra natural y tejidos mayoritariamente de yute, rafia, lino y algodón, con sábanas de algodón egipcio satinado de alta calidad. La paleta cromática parte de bases neutras, en gamas de tonos medios, cálidos y acogedores, y se acentúa con notas más saturadas en ocres y azafranes, evocando los campos de forraje y cereal tan presentes en la isla.
El mobiliario combina piezas antiguas y recuperadas de la propia propiedad con diseño a medida. En Santa Ana se desarrollaron aproximadamente 70 piezas diseñadas por Vestige Estudio y fabricadas específicamente para el proyecto, concebidas para convivir con lo heredado sin competir con ello. A nivel decorativo, se incorporan objetos con carga simbólica y narrativa, como máscaras antiguas procedentes de distintos viajes, ánforas antiguas con sedimentos marinos rescatadas del fondo del mar, objetos arqueológicos y elementos de artesanía local, intercalados con naturalidad para enriquecer los espacios sin convertirlos en escenografía.
El paisajismo siguió la misma filosofía de respeto y mínima intervención. Siempre que iniciamos un proyecto de paisaje observamos primero lo que el terreno ya ofrece. En Santa Ana se optó por poner en valor lo existente, completándolo con gestos precisos. Con una intervención muy contenida se incorporaron árboles frutales, granados e higueras, junto con algunos árboles de sombra que estructuran suavemente el espacio exterior. Son especies que requieren muy poca agua, se adaptan al terreno y dialogan con el patrimonio vegetal ya presente en la finca. Más que transformar el paisaje, la actuación lo acompaña, añadiendo pequeñas pinceladas que refuerzan su identidad.
La experiencia espacial se articula en un equilibrio deliberado entre intimidad y convivencia. Los espacios más recogidos ofrecen calma y protección, mientras que las áreas comunes favorecen el encuentro sin imponerse. Esta alternancia de escalas, transiciones y atmósferas responde a la forma contemporánea de habitar y viajar, donde se busca pasar con fluidez de la privacidad a la vida compartida.
Santa Ana se entiende así como una restauración que no disfraza, sino que revela. Un proyecto donde la materia original conserva su dignidad, la artesanía local permanece viva y la contemporaneidad se integra con naturalidad, desde el respeto y la precisión.
IMÁGENES DEL PROYECTO